Estos días me ponen realmente nostálgica. Me gustan, pero me
llevan por derroteros peligrosos en los que me sobrepasa el vértigo.
Escuchando a Silvio me acuerdo de la Gabriela, de la
repetición eterna del “Al final de este viaje” mientras revisábamos pruebas, planificábamos
clases o simplemente nos quedábamos fumando hasta la medianoche. No podría
decir que la extraño porque sería mentira, y nada, ni siquiera el recuerdo más
bonito que pueda atesorar con ella me va a quitar el malestar que siento cada
vez que vuelve a resonar su acusación de despecho en mí contra.
Escuchando a Silvio también recuerdo a la tía Silvia, sobre
todo su historia con “Óleo de una mujer sombrero”. Pienso en los kilómetros
recorridos escuchando la radio en su auto, en las quejas de los cabros porque
el bajo no estaba prendido o las disputas por qué sería lo más apropiado de
escuchar para cierto viaje. Me da pena, me vuelvo a sentir diminuta, como un
punto perdido en el espacio cada vez que mi mente vuelve a rondar por ahí.
Por último, me acuerdo de un viaje en micro escuchando “Pequeña
serenata diurna”. No sé cómo esa canción me llevó a reflexionar en los ciclos
repetitivos de la historia, en la posibilidad inminente de que hubiera otro
golpe de estado, en la gran cantidad de personas que quiero que correrían
peligro de ser así. Llegué incluso a imaginar esa desgarradora escena en la que
el Nico desaparecía, probablemente después de haber sufrido todo. Y lloré.
Lloré gran parte del camino pensando en ese momento imaginario. Lloré pensando
en que jamás la felicidad se iba a equiparar a algo que estuviera fuera de su
alcance. El Nico era la felicidad para mí, como no lo ha sido nada más, nunca. Quién
iba a pensar que esa idea de sí, que ese Nico por el que yo lloraba también era
una ficción. La más burda, la más violenta. Una prueba real de que la felicidad,
esa que nos enseñan, también lo es.