lunes, 11 de junio de 2018


Estos días me ponen realmente nostálgica. Me gustan, pero me llevan por derroteros peligrosos en los que me sobrepasa el vértigo.

Escuchando a Silvio me acuerdo de la Gabriela, de la repetición eterna del “Al final de este viaje” mientras revisábamos pruebas, planificábamos clases o simplemente nos quedábamos fumando hasta la medianoche. No podría decir que la extraño porque sería mentira, y nada, ni siquiera el recuerdo más bonito que pueda atesorar con ella me va a quitar el malestar que siento cada vez que vuelve a resonar su acusación de despecho en mí contra.

Escuchando a Silvio también recuerdo a la tía Silvia, sobre todo su historia con “Óleo de una mujer sombrero”. Pienso en los kilómetros recorridos escuchando la radio en su auto, en las quejas de los cabros porque el bajo no estaba prendido o las disputas por qué sería lo más apropiado de escuchar para cierto viaje. Me da pena, me vuelvo a sentir diminuta, como un punto perdido en el espacio cada vez que mi mente vuelve a rondar por ahí.

Por último, me acuerdo de un viaje en micro escuchando “Pequeña serenata diurna”. No sé cómo esa canción me llevó a reflexionar en los ciclos repetitivos de la historia, en la posibilidad inminente de que hubiera otro golpe de estado, en la gran cantidad de personas que quiero que correrían peligro de ser así. Llegué incluso a imaginar esa desgarradora escena en la que el Nico desaparecía, probablemente después de haber sufrido todo. Y lloré. Lloré gran parte del camino pensando en ese momento imaginario. Lloré pensando en que jamás la felicidad se iba a equiparar a algo que estuviera fuera de su alcance. El Nico era la felicidad para mí, como no lo ha sido nada más, nunca. Quién iba a pensar que esa idea de sí, que ese Nico por el que yo lloraba también era una ficción. La más burda, la más violenta. Una prueba real de que la felicidad, esa que nos enseñan, también lo es.

viernes, 18 de mayo de 2018

Ayer te vi en la calle. Por supuesto, escapaste, como siempre, como la rata que eres.

Me gustaría que te hicieras cargo de todo lo feo que cargo y que te pertenece, para así poder liberarme de tu putrefacta presencia en mí.

De todos modos, me queda la satisfacción de saber que encontrarnos siempre es peor para ti. Yo no tengo nada que esconder, nada de qué avergonzarme. Puedo caminar con la misma velocidad de siempre y dejarte atrás, como la más horrible pesadilla que alguna vez soñé.

martes, 15 de mayo de 2018


Hace mucho, muchísimo no sentía deseos de escribirte. Es más, no estoy muy segura de por qué lo estoy haciendo. De fondo suena “Déjame decirte algo” de Chico Trujillo. Me apareció como recuerdo de Facebook en un comentario escrito el 2011, supongo que por ti.

En realidad, no estoy escribiéndote a ti. Esta es una forma de poner en su lugar a esa nostalgia que me asedia, ya no con dolor ni rabia, sino solo como una sensación perdida en un tiempo muy lejano. Me acuerdo de cuando no existía nada más en mí que un amor que colmaba todo. Creo que lo único por lo que puedo agradecerte es por haberme permitido conocer el inmenso amor que puedo llegar a sentir.

Leí que las niñas del Carmela se tomaron tu colegio culiao. Ojalá yo hubiera tenido un mínimo de arrojo y de la convicción que ellas tienen para darte cara. Posiblemente, no habría sido tan fácil que me hicieras pico. No sé si alguna vez pueda perdonarte por haberme usado, por haberme hecho sentir tan miserable, por haberme manipulado tantos años de mi vida. Sin embargo, creo que el rencor se ve cada vez desde más lejos. Hoy simplemente no tengo nada que decir, nada que reflexionar acerca de ti. Eres un miserable.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Me asquea saber que eres un abusador, como tantos, como cualquiera.
Me asquea saber que, al final del día, eras todo lo que alguna vez dijiste odiar.

Ahora entiendo por qué no fuiste capaz de mirarme a los ojos. Con razón.

lunes, 20 de noviembre de 2017

No puedo evitar preguntarme en qué tipo de cerdo asqueroso te convertiste. Nada de lo que he sabido de ti calza con el recuerdo del ser humano que yo conocí y amé alguna vez. Al contrario, el sujeto del que me hablan es totalmente lo contrario.

Una vez, en verano, entré al facebook comunitario y leí una conversación en la que te llamaban "semental ñancupil" o algo similar. Además de lo imprudente que me sentí al leer una conversación ajena, el asunto me golpeó y me tuvo pensando en la obvia posibilidad de que cambiaras. Recuerdo haber llegado a la conclusión de que eso estaba bien y que, si yo te quería de verdad, debía ser capaz de aceptarlo y entenderlo. Incluso me acuerdo haber reído un poco pensando en que eras como un adolescente viviendo tardíamente sus años. Sin embargo, entiendo que eso se fue acrecentando con el tiempo, llegando a sobrepasar límites que me obligan a plantearme si acaso todo aquello de lo que renegaste alguna vez no vivía como un deseo reprimido dentro de ti. Al parecer, la persona a la que idealicé durante tantos años era una mentira. Una más. Creo que ya no quiero saber nada.

Me das asco, me da asco haber sido tan leal a ti, haberte entregado mi ser entero para que hicieras de él lo mismo que de seguro haces con los innumerables condones que has usado en todo este tiempo: aprovecharme y botarme a la basura llena de tu mierda, sin poder desintegrarme.

Te desprecio como nunca pensé que podría. Realmente me importaría nada que te murieras o te fueras muy muy lejos. Por lo menos así no sentiría nunca más el temor de encontrarte por algún lado y de que me arruinaras una vez más. Ni siquiera puedo ya pensar en lo feliz que alguna vez fui junto a ti, porque todo eso hoy me parece artificioso, tanto como el personaje que inventaste para humillarme y convertirme en un ser insignificante cagado de miedo.

Ojalá nunca más manipules ni hagas tanto daño a alguien que digas querer. Ojalá nunca nadie sea tan ingenua contigo como yo.

(Por cierto, quiero que sepas que yo sí he preguntado por ti, aunque le haya pedido a todo el mundo que no me contara nada. Si te interesa saberlo, hasta con tu mamá hablé y, por lo que veo, no estaba tan equivocada. Lástima).

miércoles, 24 de mayo de 2017



Las despedidas siempre son tristes, pero siempre pueden dejar algo. 
Durante estos meses, he tratado de luchar con un sinnúmero de sentimientos feos y autodestructivos. Creo es que tiempo de detenerse. He comprendido que el resentimiento no sirve de nada cuando solo está adentro. Es mejor dejarlo salir, transformado en otras cosas. 
No puedo seguir albergando tanta basura, porque no quiero que esa basura ensucie lo feliz que alguna vez fui. 
Quizás nunca te enteres que puedes leer esto. 
Quizás nunca te enteres que no volveré a permitir que nadie me haga daño, nunca más. Gracias a ti.  

"No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo."




viernes, 5 de mayo de 2017

A veces albergo una certeza que es más real que todo: por fin estoy aprendiendo a dejarte ir.